19 abril 2009

Alma de Cristo

Fernando Moser, cantante argentino, canta una versión de la oración del Alma de Cristo.
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Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti
para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.
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"Quizá tus problemas sean problemas del alma, es decir, problemas de falta de aliento, de estancamiento en la vida espiritual. Problemas de cansancio, problemas de mediocridad. Entonces tendrás que decir: Alma de Cristo, santifícame.

Quizá tus problemas son problemas de cuerpo. Sientes tu cuerpo como estorbo, como dificultad. Sientes en ti la contradicción entre lo que quieres y lo que haces; entre tus deseos y tus realidades. Constatas en tu cuerpo la falta de fuerzas, las limitaciones físicas, la falta de paz y de armonía; la falta de aceptación de ti mismo. Entonces tendrás que decir: Cuerpo de Cristo, sálvame.
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O son los tuyos problemas de tibieza, de demasiado cálculo en tu vida, de egoísmo; de sentir que no eres malo, pero tampoco bueno. Que te falta generosidad; que te falta mayor compromiso con algo serio; que te falta entrega; que vives calculada y cerebralmente; que eres demasiado frío. Entonces tendrás que decir: Sangre de Cristo, embriágame.

O tu problemas es, sencillamente, el pecado. Tus pecados, tus faltas. Tus caídas una y otra vez lo mismo. Problemas de malos hábitos que te condicionan. Problema de tu mentira, de la mentira de tu vida. Problema, quizá, de tu pasado; de un pasado al que te sientes atado y sin poder liberarte de él. Quizá te sientes sucio; quizá te sientes falso. Entonces tendrás que decir: Agua del costado de Cristo, lávame.

O son los tuyos problemas de dolor, de dificultades, tanto exteriores como interiores. Tus sentimientos, que no puedes controlar. Tus miedos, tus aburrimientos, tus tristezas... O tus dificultades exteriores, que te vienen de los otros. De los otros, a quienes no puedes cambiar. De tu miedo a sufrir. De no querer salir de tu comodidad, fácil y conocida. Entonces tendrás que decir: Pasión de Cristo, confórtame.

O problemas de oración. Quizá precisamente tu mayor problemas sea ése: que tu misma oración se ha vuelto para ti un problema. Porque no crees del todo. No crees a fondo. Porque no sabes rezar. Porque no sientes que Jesús te escuche. Entonces tendrás que decir: Oh buen Jesús, óyeme.

O problemas por tu falta de interiorización, de tu superficialidad. Sientes que vives sin profundidad. Que estás demasiado condicionado por las circunstancias; que vives a salto de mata, sin coherencia, que vives demasiado hacia fuera. Entonces tendrás que decir: Dentro de tus llagas escóndeme.

O son problemas de afectividad espiritual. Ves claras las cosas, pero no sientes ese empuje afectivo que necesitas para realizarlas. Tienes fe; pero una fe demasiado fría, demasiado racional. Te falta la Persona, te falta el Amigo Jesús, que es quien da calor y sentido a tu vida. Y tal vez recuerdas tu pasado, en donde le sentías más cercano. Y tal vez te das cuenta de que te has ido alejando de Él. Y te has ido quedando en un cristianismo impersonal: sin la Persona de Jesús. Entonces tendrás que decir: No permitas que me aparte de Ti.

O, finalmente, tus problemas no son problemas tuyos, sino de tu circunstancia. Sientes el mal, no sólo dentro de ti, sino alrededor de ti. Sientes la tentación del mal. Sientes a los demás aprovechándose en el mal. Te sientes rodeado por el egoísmo de otros y te da miedo “hacer el primo”. Ves que cada uno va a lo suyo. Sientes que hay que espabilarse en esta vida, porque todo está montado ya en el mal, en el prestigio, en el poder, en el tener; y que tú eres débil. Entonces tendrás que decir: Del maligno enemigo defiéndeme.
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Texto de Florencio Segura, sj

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